sábado, 5 de agosto de 2017

Epístola censora e inquisitorial



El arte, como máxima expresión de la sensibilidad y pensamiento humanos, debe, al menos, conservar la capacidad de incomodar, de ofrecer una visión alternativa. Debe tener el derecho, aunque no la obligación, de hacerlo. La literatura, el teatro, la pintura, la música, la poesía, son manifestaciones que pierden mucho cuando renuncian a provocar una cierta inquietud, cuando se limitan a abundar en la forma habitual y consolidada de ver las cosas por parte del grupo al que van dirigidas. Ya el hecho de que sean destinadas a unos sí y a otros no, de que hayan sido creadas para dar satisfacción a un grupo, sea una élite o una chusma, limita por no decir que elimina la necesaria universalidad del arte. Explicar aquí que a esa universalidad se puede llegar desde lo más local sería ofender a mis lectores, si los hubiere.
     Se da la circunstancia de que algunos creen que es suficiente con incomodar, con provocar, para que cualquier cosa sea tenida por arte, lo que ha inundado de bodrios el mercado del que viven culturetas y especuladores. Y no, la provocación, el escándalo o el ataque a las creencias, sentimientos o visones ajenas no garantizan que el producto que los origina sea arte, por más que atribuirse que lo sea pretende a veces proporcionar un paraguas protector ante posibles críticas. ¡Ah, se siente! ¡El arte no debe de tener límites! El humor, siempre que no se dirija contra mí, tampoco. Un oído educado agradece la disonancia, siempre que se limite a aportar la sal y la pimienta en una estructura tonal armónicamente sólida y familiar. La educación musical amplía el rango de disonancias que uno es capaz de admitir con disfrute, pero tiene un límite. En la vida real, una excesiva acumulación de disonancias interpretativas, algo muy frecuente hoy en día, es muestra de que no se tiene ni puta idea de música vital, económica o política. Ruido y postura. Hasta la sepultura.
     Si eso ocurre con los artistas, para qué hablar del resto de los mortales. Nos ocurre con la libertad como con algunos aparatos cuya tecnología nos rebasa, que no somos capaces de usar más que una ínfima parte de sus recursos. A veces las épocas más sombrías de nuestra historia, incluso aquellas en que a la ruina y descomposición del país se agregaba la nada amable vigilancia de la Santa Inquisición, han dado lugar a un florecimiento general de las artes, a un siglo de oro. La inteligencia asumiendo riesgos para desbrozar veredas llenas de malezas y pedruscos hasta llegar a campo abierto. Ha habido épocas de censura en las que unos creaban calladamente mientras otros más escandalosos se lamentaban de los obstáculos insalvables que esa losa suponía para parir su obra. Cuando la censura desapareció muchos perdieron tal excusa mostrando que en realidad nada tenían que decir. En esas estamos ahora.
      Y estamos en esas no porque no exista censura, que sí que existe y de la peor. No es una censura institucional, política, pues aunque nos quejemos de los torpes intentos de leyes mordaza que pretenden poner puertas al campo, la censura más perversa es la que nos autoimponemos, lo que ha dado lugar a que hayamos permitido que la parte más desocupada, inculta, infantilizada y estúpida de la sociedad nos imponga sus limitaciones y miserias, se dedique a vigilar la ortodoxia de la tribu y a destrozar en las redes a cualquiera que se haya arriesgado tímidamente a discrepar, empeñados en perseguir, cuadrante en mano, cualquier atisbo de disidencia, a poner a los pies de los caballos a cualquiera que se atreva a cuestionar una sola línea de su catecismo. Somos una sociedad contradictoria que admite las agresiones más salvajes e incívicas contra valores, creencias e ideas muy extendidas, atentados para los que siempre hay quien encuentre una justificación, mientras volvemos a un puritanismo propio de los Amish. Nos harían un gran favor botando un May Flower y yéndose a fundar una colonia a alguna acogedora bahía de Canadá.
      Resumiéndolo mucho nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Hacia el pensamiento libre, el que tiene dudas, contradicciones, el que se sale de parva, el que se atreve a decir que eso que tienen por incuestionable, aquello que ni se puede nombrar, sólo lo es para ellos, para menos de los que esos talibanes creen. Desde luego para mí no lo es. Deben acostumbrarse de nuevo a la libertad que niegan a los demás y que administran como exclusivamente propia, deben rebobinar personalmente varios siglos, leer y valorar el esfuerzo y el sacrificio con que otros nos habían dejado como herencia el derecho a poder decir lo que uno piensa, recuperar una tolerancia de la que hablan sin saber en qué consiste y dejar de tocarnos los cojones. No solo tenemos el derecho, sino la obligación, de poner en duda cualquier cosa. Eso tan sencillo, admitido en las sociedades en los momentos en que han sido libres, está ahora puesto en cuestión. Algunos están más concienciados en otorgar la libertad de imprenta a alguna tribu ignota del Amazonas que en dejar que su vecino opine como tenga a bien.
    Somos actores a los que sólo se nos permite reírnos de los que están fuera del teatro, lo más fácil. Reírse, incomodar a los que asisten a la función, verdadera misión y valor del teatro, la literatura y el arte en general, es hoy en día algo temerario. Cada uno en su burbuja.
     En este ambiente espeso y cutre uno llega a decantarse del lado de quienes defienden algo que no nos gusta, sólo por no estar junto a quienes les atacan con odio irracional. O de temer más a algunos apoyos cerriles que a quienes nos contradicen con educación y buenos argumentos. Más tenemos que aprender de los segundos que de los primeros.
     Me encanta la gente imprevisible, los que te sorprenden con una opinión aparentemente discordante, incluso contradictoria con su habitual línea editorial. Saber de antemano qué va a opinar alguien de un tema, de un artículo o de una noticia, desmerece mucho al que con sus opiniones viene a confirmar escrupulosamente lo previsto. Le hace perder valor ante mis ojos. Hacer un cuadrante con los temas sensibles, las esperadas correcciones mentales, políticas y sociales, donde ir poniendo crucecitas para ver por dónde respira el personal, para constatar hasta qué punto fulano o zutano se ajusta al kit de pensamiento de la peña, de ésta o de la otra, es algo poco recomendable por descorazonador y destructor de respetos. Aplicárselo a uno mismo puede resultar demoledor. La excesiva coherencia, el percibir en magín ajeno un bloque sin fisuras, una doctrina sin espacio para dudas, incluso incorrecciones, es índice de escasa actividad mental autónoma. Es el retrato de alguien aburrido, incapaz de sorprender, normalmente privado de sentido del humor y, en definitiva, poco recomendable.
     Porque, con todos mis respetos, la verdad sea dicha, según para qué plan y por poner un caso, la madre Teresa de Calcuta, podría llegar a ser una compañía poco recomendable en algunos momentos.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Epístola clínica



Abundan en las redes sociales recetas que, de manera infame, dicen curar el cáncer con zumo de limón y canela. La desesperación puede llevar a algunos a agarrarse a este clavo ardiendo, aunque a quien su buena salud física le permite conservar igual de sano el juicio le resulte difícil comprender cómo alguien puede llegar a confiar en esas soluciones tan sencillas para una enfermedad contra la que miles de los mejores científicos del mundo, pasito a pasito, arañan esperanzas reales desentrañando los caprichos de un aminoácido perdido en una doble espiral. 

     Para otros problemas, no menos complejos, nos proponen soluciones parecidas, sencillas y rotundas. Desde la homeopatía política en forma de inacción o tancredismo, a las cirugías sociales más agresivas que proponen la amputación y el bombardeo radiactivo, si bien en esta escuela de cirujanos gustan de aplicar estos tratamientos menos a ellos mismos que a los demás. Unos piensan que hay que dejar a la naturaleza aliarse con el tiempo, que entre ambos todo lo acaban curando, mientras otros creen que hay que cortar por lo sano.

     Entre una y otra terapia, ambas extremas, no es raro que el común de los mortales se ponga en manos de quien le proponga las soluciones más fáciles, incapaces de comprender las complejas ni de apechugar con las desagradables. Canela y limón, a cerrar los ojos y a confiar en el chamán. Incluso pudiendo elegir, solemos optar antes por quien nos propone tratamientos más amables y llevaderos que por quien nos pone a rigurosa dieta o dice de cortarnos una mano. Por eso resulta arriesgado que el paciente se recete a sí mismo. Puede elegir cirujano, pero no cabe pedirle que decida el tratamiento. En cuanto a la salud, con buen criterio, nuestros afanes democráticos terminan una vez elegido el especialista que nos vaya a tratar, mejor que hacer un referéndum entre la familia y los amigos a ver si cortamos o no. En todo caso, debemos cambiar de médico si el elegido nos lleva a dudar o muestra signos de incapacidad pero, una vez hemos puesto nuestra vida en sus manos, hay que dejarle actuar. Y pedirle cuentas. Pero nunca dejaría que una asamblea me abriera en canal.

     En todo caso, el aire de los tiempos valora menos la ciencia que el chamanismo, de forma que los aspirantes a hechicero de la tribu encuentran el campo ya estercolado, no solo metafóricamente, y procuran desacreditar todo lo que hasta hace poco nos había mantenido con una salud llevadera, incluso lo que en tiempos nos la había hecho envidiable. Echan pestes tanto de los otros cirujanos como de sus pacientes, de sus gustos musicales, de sus escasas y vacuas lecturas, de su irresponsabilidad votando, cercana a la vesanía, no sin parte de razón. Sin embargo afirman que preguntar a estos supuestos dementes por asuntos sobre los que tanto han trabajado para mantenerlos confusos resulta lo mejor, siempre que acierten, sinónimo para ellos de coincidencia con su criterio. Una relación directa entre el médico y el enfermo, que elige tratamiento, sin los obstáculos y engorros de tener en cuenta la realidad, la ciencia, la experiencia o segundas opiniones.

     La mayoría de las personas recurrimos a la ciencia médica cuando tenemos un problema de salud. Hay excepciones de iluminados que, contra la razón médica y la evidencia, no vacunan a sus hijos; otros que por sus creencias reveladas por un hechicero errado rechazan las transfusiones de sangre o alimentan a sus bebés con raras leches y los someten a dietas extrañas hasta que se les mueren en los brazos. Otros toman infinitesimales dosis de la nada disuelta en copiosas garrafas de agua limpia para intentar curar sus males, que la cabeza también hace mucho. Mucho bien y mucho mal, hasta el punto que para numerosos contribuyentes el cerebro es un estorbo, un órgano hostil, un error de la evolución causa de muchos de sus males. La naturaleza, en su sabiduría, lo desactiva en estos casos y deja a otras vísceras al mando del semoviente. Pero son los menos. La mayoría se rinde ante la verdad de la ciencia que, a base de ensayos y errores, ha ido dando tras miles de años con soluciones basadas en el guión real de la vida. La evolución va dejando por el camino a quienes confían en el limón y la canela, incluso en la hierbabuena. Con las sociedades ocurre igual y grandes imperios murieron enfermos por confiar en medicinas elegidas más por su fácil administración y agradable sabor que por su eficacia, resistiéndose como gato panza arriba a someterse a un tratamiento adecuado, aunque a veces resultase molesto y fuese a contracorriente.

     Y les ocurre así porque con la política el problema descrito se acentúa. La ciencia tiende a seguir un camino ascendente; las creencias, las doctrinas y los principios van y vienen, suben y bajan, incluso desaparecen reemplazados por otros no necesariamente superiores. Si bien nadie se dejaría hoy colgar de los pies mientras le pinchan los ojos para expulsar los malos humores ni permitiría que le pusieran media docena de sanguijuelas a chuparle la sangre agarradas a las canillas, prácticas abandonadas por haber sido probada su ineficacia y sinrazón, no hacemos ascos a remedios económicos y organizativos anteriormente descartados por la sociedad, con base y resultados tan nefastos como los abandonados usos médicos de épocas pretéritas. Esa diferencia permite que pervivan y proliferen las sanguijuelas políticas y sociales.

     Viven en y de la política y sus aledaños económicos, es decir de nosotros, de los incautos y, junto a gente noble y honrada, hay entre ellas demasiados vendedores de crecepelos y bálsamos de Fierabrás, de ungüentos que todo lo curan y de dispensadores de canelas y limones recién exprimidos, además de no pocos ladrones. Como ocurría con las antiguas sangrías, sus soluciones cada vez nos dejan peor, más débiles y expuestos a mayores males, pues no es estirar la metáfora el decir que, a su manera, nos siguen sangrando. Nos parasitan las tenias, delatadas por su avaricia, y otros bichos que se conforman con menos, como liendres piojos y ácaros. Todos estos compensan con su enorme abundancia el hecho de que chupan menos, resultando por su gran número igual de nocivos a la larga, aunque a la corta podamos ver alguna pulga, liendre o gorgojo dando lecciones de su superioridad ética, pregonándose como inocuos, incluso benéficos, aunque ya apuntando maneras de tenia en proceso de incubación. No es de extrañar que, puestos a elegir, muchos opten por soportar los quebrantos de una tenia antes que vivir sometidos a un cerebro enfermo, presentadas como únicas alternativas posibles, aunque, en contra de lo que nos quieran decir, existan otras opciones más saludables. Lo trágico es que esas otras opciones que habían ido hasta ahora compensando nuestros desarreglos se debiliten, incluso desaparezcan luchando con infecciones internas, o bien dudando entre volverse tenias o perder el juicio, a su vez, viendo la buena acogida de estas terapias hasta ahora ajenas.

     La biología nos enseña que cada célula, virus o bacteria consiente la presencia de sus iguales, incluso los busca y colabora con ellos. Por el contrario considera hostil todo lo diferente. Lo rodea de glóbulos blancos, lo rechaza y aísla y, si puede, lo elimina. A veces en dudosa coalición con bacterias, retrovirus y otras miasmas, que contra el enemigo todo vale. Incluso llega a suceder que, astutamente engañada por corpúsculos adversos de membrana tal vez forrada de lanas de cordero nanométricas, una célula se pase de desconfiada, degenere en una especie de xenofobia celular extrema y paradójica y se rechace a sí misma en un proceso autoinmune. En política se conoce a este fenómeno como no saber si somos de los nuestros, dolencia ya descrita por el biólogo Cabanillas.

     El colmo absoluto e indecente de la sinrazón es cuando una pierna, viendo que el organismo del que forma parte pasa por momentos de fiebres y achaques, decide irse. Desgajarse contra la opinión y el interés del resto del cuerpo y de lo más de la pierna, de rodilla para abajo, aunque mal se va a ningún sitio sin pie, que sin cerebro hace ya tiempo que deambulan. No se llega ni a Andorra, tan de su gusto. Rebuscan en la literatura científica, rastrean casos de supervivencia de piernas autodeterminadas, las intuyen en los cuentos de Calvino, (Italo, no el hereje suizo) o las crea su gabinete de alucinados alquimistas de la historia, amparados legalmente por el no menos perturbado juez Vidal y espiritualmente por el abad de Monserrat, otro bandarra. Al menos darán siglos de trabajo a los estudiosos del derecho, ya expertos en el arte de torcerlo, aunque nunca hasta estos extremos. Estos delirantes Tejeros con barretina, pocos, pero más ambiciosos, van viendo como la justicia les acorrala, más por sus delitos económicos que por su carácter golpista, que también, lo que aumenta su urgencia por escapar. Mal tratamiento tienen sus males, un desarreglo hormonal que les hace confundir sus delirios con la realidad, les provoca una confusión mental que les trastoca los conceptos y las palabras hasta convertir sus argumentos en pruebas de cargo en un juicio que llegará, esperemos que pronto. Con esos mimbres avanzan en la construcción de un anacrónico e improbable estado totalitario que dé estatuto legal a lo que ya practican, la confusión de la ley con sus intereses y sus delirios, ignorada cuando no coincide con ellos, como ignorados son más de la mitad de los catalanes. Sobre la educación y la prensa nada han tenido que inventar, ya Goebbels dejó un modelo difícilmente mejorable que desde hace decenios aplican a rajatabla.

     No queda títere con cabeza. Ni Hipócrates ni Galeno, Demóstenes o Monstesquieu nos amparan. Tal vez quepa atribuir a la inmensa ignorancia de quienes nos gobiernan y de quienes aspiran a hacerlo este sindiós. Y a su estupidez y ambición, que la maldad sola no da para tanto.

    Vale.

lunes, 20 de junio de 2016

Epístola reflexionatriz



    No nos representan. Buen lema, aunque falso. El gran problema es que sí lo hacen. Los partidos que hemos tenido y que tenemos nos representan a la perfección, casi como en un espejo, incluidos los autodenominados nuevos, que más lo son por el nombre de su aglutinadora franquicia de tribus irreconciliables que a duras penas se muestran unidas mientras convenga, que por las vetustas ideas de cada una de ellas. Ni Velázquez nos representaría mejor. Nos clavan, pues son nuestro reflejo, son nosotros mismos. Los partidos que hubo, hay y habrá en España no pueden ser de otra forma, porque emanan de nosotros, en ellos cristalizan todas nuestras virtudes y nuestros defectos, empezando por nuestra secular capacidad disgregadora que algunos vienen ahora a acentuar, siguiendo por nuestra habilidad para elegir todo aquello que nos perjudica y terminando con eternizar a nuestros dirigentes en el poder más por sectarismo que por conveniencia. Solemos optar menos por quienes pudieran solucionar los problemas que por aquellos que los agravan, los hacen perpetuos e irresolubles o, lo que es peor, crean otros nuevos sin resolver los antiguos, que es para mí el resumen de la propuesta de los capitalizadores del justo descontento que vivimos.
    Todas esas cosas que rechazamos, que ahora nos indignan y espantan, como si fuesen nuevas, son el reflejo de nuestra sociedad, de todos nosotros, empezando por la corrupción y por la inoperancia, siguiendo por el fraude, la picaresca y la listura, por el amiguismo y por el desprestigio del esfuerzo, siempre arrinconado por la aspiración de un éxito fácil y rápido, milagroso, de dar por supuesto un bienestar que del primero al último creemos merecer por nación, aunque olvidemos contraponer qué debemos aportar cada uno, sin excepciones, para hacerlo posible.
    Que España, a veces en sus gobiernos, algunas comunidades y no pocos ayuntamientos, durante lustros haya sido gobernada con criterios y usos similares a los de la mafia calabresa no sería explicable sin una inmensa y cerril complicidad por parte de la sociedad, acrítica con los afines, consentidora por facciones de todo lo que los suyos hagan, tan voceadora de los errores ajenos como tapadera de los propios. Un sociedad en gran parte silente, cobarde, cómplice y culpable, hasta la vergüenza y la indignidad. De otra forma no se podría explicar la infamia de lo ocurrido con el desentendimiento, cuando no con el apoyo, hacia los crímenes de Eta en el País Vasco, que ahora unos quieren olvidar a cambio de unos votos, o en una Cataluña esquilmada durante una generación por una nutrida banda mafiosa envuelta en una bandera que se ha apoderado del 3% de la pasta y del 100% de los resortes de esa sociedad, hoy en día la menos libre de España, que yerra acerca de quién le roba y oprime, una Andalucía socialista en la que algunos dirigentes no desmerecen en sus formas y actos con los desmanes económicos de otros del Partido Popular en Valencia o en Madrid, o la ineficacia generalizada y derrochadora, creadora de infinidad de observatorios, empresas, chiringuitos y tugurios donde colocar a los de la peña disfrazados de funcionarios, sumidero de unos dineros que en todos los lugares se han negado a cosas verdaderamente necesarias. Han obrado con nuestro desentendido permiso, con nuestro visto bueno, una y otra vez refrendado en las urnas.
    Descartada la opción de deportarnos en masa a nosotros mismos para repoblar la nación con daneses, australianos, suecos de Ikea o habitantes de otros felices países de esos que tanto nos parecen gustar, hemos de reconocer que el simple cambio de caras no va a solucionar el problema. Y menos si encima esas caras se presentan ocultas por caretas que hagan pasar lo viejo por nuevo, lo sectario por integrador o lo violento de las actitudes de fondo por sonrisas tan tranquilizadoras como falsas. No es momento de camaleones ni de esconderse en tintas de calamar.
    Poco hay de nuevo en ellos salvo la corbata y el catálogo de muebles. A falta de experiencia con que valorar a un partido inédito, o nos fiamos de los augurios mirando las tripas de una cabra o recurrimos a examinar las compañías, los héroes o los modelos y referentes de quienes se presentan como única solución.  En realidad nos proponen rechazar a todos los partidos ya existentes, ofreciendo sus generosos brazos para acogernos a todos en la huida, que entre sus volubles ideales los hay para todos los gustos.    
    Que su verdadero ideal es un partido único, es algo evidente. Sus compañías a la vista están, Otegui y Bódalo, okupas y manipuladores de las redes, entre otras malvas. Sus héroes y referentes también, de Chávez y Maduro a Tsipras, Perón o Lenin. Sus modelos, aunque ellos se embosquen tras los pinos de Escandinavia en su programa catálogo, están más cerca del Olimpo, de las palmeras del trópico o del petróleo, obviando graves aspectos de esos modélicos paraísos que nos invitan a no tener en cuenta, en parte por haber ellos asesorado y colaborado en tales desastres. Y no gratis.
    Un hecho indiscutible es que ningún otro partido de la actualidad cuenta entre sus más acérrimos seguidores con ejemplares tan acríticos, sectarios y viscerales como ellos. En todos los hay, pero en Podemos abundan alarmantemente. He escuchado a simpatizantes de todos los partidos reconocer, incluso criticar errores del suyo propio. En Podemos se pueden contar con los dedos de una oreja quienes alcanzan tales cimas de la autocrítica. Menos a admitir las objeciones que otros hagamos, enviándonos inmediatamente a la caverna, tachándonos de fachas o de imbéciles sujetos a un argumentario sugerido. De todas formas tampoco en eso iban a ser novedosos y mantienen la costumbre nacional de atribuir a los demás los defectos propios.
    Resumiendo, como somos como somos y tenemos lo que tenemos no hay que esperar que nos portemos como suecos. Hay mucho aprovechable en los partidos existentes, mayoritariamente compuestos por gente decente como no me canso de repetir, pues todos ellos han defendido muchas cosas razonables, han sido artífices de impagables logros de la sociedad  y defienden valores irrenunciables que muchos no queremos poner en juego. No creo que Podemos vaya a regenerar nada. De hecho el cotarro ya lo están regenerando a hostias legales entre la Guardia Civil, la Policía y los tribunales. La prensa escrita y audiovisual colabora involuntariamente, pues aunque ampara y calla las infamias de sus afines, no duda en proclamar a cuatro columnas las de los opuestos. Hay que reconocer que hay cosas que no se podrán repetir en el grado en que hasta ahora hemos consentido, pues algo hemos aprendido muchos ciudadanos, aunque no todos. 
    Hay quienes vuelven a apostar por delegar en un caudillo, reinciden en personalizar las soluciones, lo que es el origen de nuestros problemas. Es un error antiguo y recurrente. El remedio es poner a gobernar a personas sin manual ni dogma, que legislen menos y se centren en resolver los verdaderos problemas de la gente y de la sociedad con honradez, prudencia y eficacia, cumpliendo y haciendo cumplir las leyes, cosa inusual. Pero, sobre todo y por si acaso, bien vigilados. Por la Guardia Civil, la Policía y la Justicia. Aunque, oh, maravilla, tampoco sorprende demasiado que sean los nuevos actores de la comedia política, estos socialdemócratas recientemente conversos a tal fe, quienes aspiran a controlar a los que deberían controlarlos a ellos y a los demás, haciéndonos perder nuestra única esperanza. Mal empezamos a la hora de pedir ministerios y competencias. Motivo suficiente para no darles el gobierno. No está demás decir aquí que guardias y policías, junto con el ejército y la monarquía, son las instituciones más respetadas y valoradas por los españoles. Sé que esto molesta y solivianta a muchos, pero la realidad es así de cruda.

   ¡Tenemos todos mucha pesombre, dejadme solo ante este toro y veréis qué faena le endiño!  ¡Confiad en mí, que hay que echar a este gobierno como sea, poneos en nuestras manos, que algo se nos ocurrirá!

    Desde luego lo que por ahora se les va ocurriendo es poco tranquilizador, a pesar de lo variado y cambiante de sus ocurrencias, aparte de buenas palabras, vacías por fingidas o por ajenas al mundo real. En lo de echar a este gobierno podemos coincidir, ya que Rajoy no se decide a echar lastre por la borda, a él el primero, y nos hacen perder toda esperanza con la guinda simbólica de blindar a Rita Barberá, todo un suicidio político en plena lucha electoral, muestra de sus mochilas, complicidades y ataduras. En eso de acuerdo, pero si quieren echarlos a patadas para ponerse ellos, su único programa real, no pueden pedirle a los españoles que les ayuden a echarlos dando las patadas al gobierno en sus propios culos. Javier Marías nos ilustra al respecto explicándonos que nunca debería uno decir que algo no puede ir a peor. Esa posibilidad existe, aunque se vista de seda.

   ¡Asoma la patita por debajo de la puerta! ¡Ay, qué garras que tiene bajo las lanas ese corderito socialdemócrata! ¡Por Dios, qué dientes! ¡Y el que va de pastor se parece mucho a Otegui, el pacificador! ¡Quita, quita, que me la urden!

    El comunismo, que ni los alemanes hicieron funcionar, no debería esconderse pues no es malo per se, porque predique cosas injustas, que no lo hace, sino porque olvida la naturaleza humana, egoísta, parcial y tendente a poner por delante la propia supervivencia y el bienestar de la prole y la tribu. Aunque nos llene de vergüenza que hayamos tenido que levantar muros para que no entre nadie, tampoco debemos olvidar la ideología de los regímenes que durante más de un siglo han tenido que levantar otros para que los ciudadanos no se les escapen hacia el infierno capitalista.  
    Hay noticias que nos hacen regresar a la realidad, una realidad en la que un niño, en cuya visión del mundo animal ha influido más Walt Disney que la National Geographic, es arrastrado como merienda a la ciénaga por un caimán en Florida, en un parque de Disney, su instructor. Si hubiera sido ilustrado de cómo es la vida y el mundo real viendo documentales del Serengueti no habría ido a darle miguitas de pan a aquella hermosísima y descomunal salamanquesa tan simpática o a aquel osito Yogui con unas uñas tan largas.
    Esa visión romántica, buenista  y falsa del mundo y de la historia nos hace también indefensos ante las continuas manipulaciones de nuestros orates. Hay quien se ha criado con un poster del Che Guevara en la pared del dormitorio, colocada allí por su padre, muy progre y concienciado. Tal vez si su idealista progenitor hubiera leído más y mejor no hubiera dejado dormir a la criatura al amparo de un asesino compulsivo, un pistolero que disfrutaba descerrajando tiros en la cabeza a sus enemigos, como no dejó de contarnos relamiéndose de placer. Con la Constitución de Cádiz, ocurre otro tanto, pues entre otras lindezas regateaba la ciudadanía a los españoles descendientes de africanos (es decir a los tataranietos y choznos de los esclavos negros que allí llevamos), que eran de los pocos que en aquellos momentos de descomposición del imperio español estaban de nuestra parte y luchaban a nuestro lado contra los que allí tampoco los consideraban iguales. Ellos y nosotros perdimos. Sin embargo, La Pepa nos consideraba justos y benéficos, con obligación de ser felices. Con las dos repúblicas ha ocurrido igual y la ignorancia y la parcialidad han querido hacerlas pasar por algo mucho mejor de lo que fueron.
    Me considero un escéptico, un descreído, con un ligero baño libertario y anarquista, pero no del de poner bombas, sino del de temer como a vara verde a la abusiva intromisión del estado en nuestra vida privada, el de abominar de ese afán ultrarregulador de tenerlo todo establecido, reglado, legislado y, a ser posible, prohibido. En eso no sé si temer más a unos que a otros, pues es síntoma de totalitarismo de ambos extremos.
    Claro está, tras lo dicho, que habrá que votar con la nariz bien tapada, pues en esta ocasión ni me planteo quedarme en casa, ni lo aconsejo. Imposible estar de acuerdo con el pasado ni con las intenciones que vemos en los partidos y, aún peor, con las que se ocultan, aunque se traslucen. Es penoso el nivel de las propuestas, improvisadas, oportunistas, reñidas con la realidad en su mayor parte, unas por irrealizables, otras por no ser deseable su realización, y con un tufo de falsedad, de ocultamiento y de manipulación demagógica en casi todos los casos. Ahora bien, una vez tapadas las narices, habrá que decidir si nos huele peor el robo, la mala administración o el asesinato, si nos repugna más Bárcenas u Otegui y los de Hipercor, Chaves o Chávez, la policía o los que parten la cara a un oponente político, incendian coches y contenedores o rompen escaparates. O si queremos dividir el país en trocitos para mayor abundancia de cargos que repartir o intentamos apoyar a quienes claramente lo defienden unido. Si damos por bueno que unos okupas de la cuerda se instalen en el piso vacío que no conseguimos quitarnos de encima, quien lo tenga, y de paso les pagamos a escote la luz, el agua, el teléfono y el aire acondicionado como en Barcelona. Con un par. Yo aspiro a llegar algún día a no mantener sinvergüenzas, ni de arriba ni de abajo, ni de diestra ni de siniestra, que en todos sitios los hay. Y los habrá.
    Al final, habrá que dejarse las pesombres para mejor ocasión y considerar si en los partidos que se nos ofrecen, y que unos intentan destruir, no habrá algo bueno que valorar, que creo que sí. No existe una diferencia entre vieja o nueva política, sino entre política y mercadotecnia. También veo necesario recompensar a los que, teatros aparte, han intentado llegar a acuerdos, PSOE y Ciudadanos, algo que se nos dice que pidió y pide la sociedad. Otra falsedad más. Hay votantes y partidos que tienen tanta voluntad de acuerdos y equilibrios como un agujero negro.
    Para mí está claro en esta ocasión que, salvo sustitución de sus cúpulas, me resulta imposible confiar en dos de ellos, empezando por las afueras a diestra y a siniestra de la oferta, es decir, PP e IU-Podemos. Me quedan, con sus virtudes y defectos, los dos del centro. Haciendo cuentas con los restos, según nos manda la ley d’Hont, sopesaré la utilidad de mi voto, para intentar que no gobierne gracias a él ninguno de los partidos que más me desagradan.

   Que el Señor nos ilumine, hermanos.

sábado, 7 de mayo de 2016

Epístola ganadera, cinegética y pastoril.



“Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado”
José Luis Cuerda. (Albacete 1947).

Cuando uno busca cómo solventar una situación grave, la propuesta de una solución posible no debería considerarse inaceptable de antemano. Obrar así muestra que no se están buscando los remedios con sinceridad, sino que estas escenas del sillón forman parte del libreto de una obra escrita en beneficio de los actores, no del país. Esto debería ser obvio, pero sucede que, aunque una propuesta mereciera ser tenida en consideración, resulta incompatible con la ideología del negociante, es decir, con sus prejuicios y con sus dogmas, pilares de su intransigencia. Tal vez las personas y grupos menos dogmáticos, sectarios e ideologizados, sean precisamente la solución para este acuerdo, al parecer imposible, que España necesita. Sin embargo eso precisamente es lo que se les reprocha a quienes en algo ceden. No tener unas tablas de la ley talladas en piedra, un dogma inmutable e incapaz de ceder nada ante la supuesta herejía.

Entre los medios y los discursos tan halagadores como falsos con que algunos lamen la oreja de los votantes, se exime a la población de toda culpa. Ni de esto ni de nada. Estas zalameras  proclamas de hoy, son apoyadas desde hace tiempo por una educación maniatada, forzada a despojarse de exigencias hacia los futuros ciudadanos, regulada para dar por buena cualquier actitud o comportamiento de los alumnos por parte de un profesorado cuya autoridad hace mucho que se hizo desaparecer. Entre los gobernantes, los aspirantes a serlo y la prensa, tan infame como ellos, han estabulado las ideas de una ciudadanía, ya de por sí ovejuna, en apriscos diversos, con rebaños, piaras y jaurías totalmente irreconciliables.

Algún día se estudiará el nefasto y pastoril papel de los medios de comunicación en la España actual. No menos irresponsables ni sectarios que los políticos del momento, tan culpables de nuestros problemas como ellos y que el resto de la sociedad, con el agravante de que se considera a sí mismo gremio intocable, a salvo de críticas y juicios. Si entre estos políticos podemos encontrar bastante gente sectaria, ruin, incapaz, miserable e irracional, en la prensa, las cadenas de televisión y los tertulianos, son más a menudo la norma que la excepción. No es que tengan ideología alguna pues, en muchos casos, simplemente ocurre que la indignación, el sobresalto o el escándalo venden más que normalidad, la templanza y la razón. Dedicados a cosechar audiencias, la verdad y el equilibrio aparece en dosis homeopáticas.

 La situación requeriría que la sociedad y los medios pidieran responsabilidad por las acciones y omisiones por igual a todos los que nos han gobernado en el estado, las autonomías o los ayuntamientos, es decir a todo el abanico político, por el acaparamiento de la riqueza nacional para costear sus derroches, por su utilización de las obras públicas como abono para cosechar votos, más que como respuesta a verdaderas necesidades, por su indecente rapiña, por su negligente estupidez, por su nepotismo, compadreo y desentendimiento de los problemas reales... Que dejen de mirar por su futuro y su ambición personal, pues hace tiempo que ellos mismos y quienes quieren reemplazarlos son más otro problema que una esperanza de arreglo de los que ya teníamos. Igualmente, no deberían apartar de sus análisis, por llamar de alguna forma a sus elucubraciones, a los ciudadanos, a lo que en sus comportamientos pudiera haber de censurable, de su complicidad y amparo a lo que luego critican de forma cruzada según sus afinidades. Pero los ciudadanos son la audiencia y el que paga manda. Como la otra parte de la factura la pagan otros poderes, vendido queda todo el género, tanto como atadas sus opiniones.

La realidad es que deberíamos asumir parte de la culpa los ciudadanos por haber votado una y otra vez a quienes decimos despreciar, condescendiendo con sus desmanes, cada uno a los de su cuerda. Con los nuevos partidos ya ocurre exactamente lo mismo y su desdén por la ciudadanía no es menor que el acostumbrado. Pero a ellos todo se les perdona. Lo cierto es que sería demasiado pedirnos obrar de otra forma, porque somos una sociedad más pastoreada que gobernada, refractaria a la responsabilidad, a asumir nuestras culpas y errores, aunque un votante, un ciudadano tiene mayor responsabilidad en la marcha de la sociedad que una cabra en la vida del rebaño. Esa corresponsabilidad, que siempre es ajena, nos rebota, nuestra carga eléctrica la rechaza. Siempre son los otros los culpables, los que yerran. El único problema es saber quiénes son los otros, y aclarar de paso si nosotros seguimos siendo de los nuestros, en un ambiente polarizado en el que se penaliza la templanza y la cordura. Quienes se manifestaban exigiendo, a cambio de su voto, la parada del AVE en su aldea no deberían ahora reprochar a los políticos el disparate de haber atendido a sus peticiones. Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, se nos decía en Memorias de África.

Nos han convertido en un país de irresponsables, pues nos han ido enseñando que nunca tenemos la culpa, lo que supone decirnos que nada podemos hacer, que nada depende de nosotros. Todo consiste en entregar el poder a quien menos nos repugne y dejarnos llevar con la docilidad del rebaño. Los electos monopolizan el poder y el error, y así quedamos liberados del pecado original. Sin embargo ellos, nuestros dirigentes, son nosotros. Habría que pensar que, en el fondo, nos fascinan los dictadores, porque todos y cada uno algo tenemos de ello. El hato de ovejas blancas perdona al macho blanco, el de negras al carnero oscuro, las entreveradas al borrego adalmatado y las culpas se atribuyen de forma entrecruzada. Entretenidos en encontrar culpables no  nos queda tiempo para buscar soluciones para nuestro porvenir, hermosa e inquietante palabra.

Es de risa leer que la sabiduría del electorado ha dado el claro mensaje de que hay que entenderse, pactar, llegar a acuerdos. Todo lo contrario, pues esta provocada división de la sociedad, afronterada por barrancos insalvables, deja pocas salidas. Pedimos ahora que pacten, que el ganado se reagrupe, pero alrededor del pastor elegido por cada cual. Cualquier cesión es debilidad, traición o engaño. Dudo que muchos sean los votantes que premien en las nuevas elecciones los esfuerzos por llegar a acuerdos realizados por algunos, empeños tenidos por bajadas de pantalones, falta de autoridad y tibieza de convicciones. Grave será, como se adivina, que en los nuevos comicios lo que se recompense sea el monolitismo, la confrontación sin salida, el teatro, la incapacidad para darse cuenta que el número de votos obtenidos lo que nos indica es que sólo una pequeña parte de la población desea que lo que proponíamos se aplique, pues ya no nos fiamos de nadie, único síntoma esperanzador, siendo el peligro y el lastre aquellos que se fían incondicional y acríticamente de  su profeta. Según los votos, el ganador debería renunciar a mucho más de la mitad de sus propuestas, otros al 70%, algunos al 80 por ciento de ellas, los demás a casi todas... Aunque nadie pueda decir que le respalda una mayoría cualificada, todos quieren imponer su criterio, en gran parte rechazado en las urnas.

El líder de un partido con el que se deberían alcanzar acuerdos puede desagradar al otro candidato con el que negocia, pero no se le pide que se case con él, y además éste último no debe olvidar que en realidad el novio desairado, aunque feo, pone cara y voz a millones de votantes, más de los que tiene la digna damisela que de antemano lo rechaza, pues tal vez atribuya a un mandato divino, que no humano, su legitimidad para hacerse con el ansiado sillón y con el BOE. La lectura de los resultados electorales, el decir que se ha recibido un mandato popular para hacer lo que querían, no se ve entorpecido por el hecho de que sólo una minoría haya votado en ese sentido. Molesta realidad. Llevando la contra a la razón y a las matemáticas, hay lunáticos que a un 48% del electorado consideran mandato popular irrenunciable para hacer algo a lo que el otro 52 se opone. Maravillas de la democracia.

La indignación es lógica y puede llegar a ser beneficiosa y positiva. Pero sólo como impulso, como detonante, nunca como guía o talante de una acción de gobierno. Quienes sin ser cierto que hayan surgido de ella como afirman, pues sus ideas y propuestas ya eran viejas cuando ellos vinieron al mundo, en realidad simplemente han capitalizado la razonable indignación de otros, se limitan a buscar culpables y a estercolar el campo político para cosechar el rechazo hacia ellos, aparentando por contraste una superioridad moral que no existe, pues para alcanzarla habría al menos que tener alguna moral, ausente en no pocos de los nuevos actores, unos verdaderos farsantes. Con ese capital ven campo abierto para desplegar sus odios, sus fijaciones, sus delirios, pensando que, desacreditados todos sus oponentes, deben ser ellos, por descarte, la opción ganadora. Así, han centrado su discurso en esta búsqueda de culpas, que son reales, pero de las que exoneran al resto de la sociedad y a ellos mismos, y en una especie de ojeo político, esperan cazar las atemorizadas piezas más por huida que por atracción. Otra variedad es la caza con reclamo, aunque sus trinos sólo engañen a las aves de su corral. No son ganaderos que cuidan amorosamente de sus rebaños, sino ojeadores que cobran piezas asustadas y engañosamente atraídas al puesto mediante grandes aspavientos y estruendos.

Todo vale. Cualquiera es capaz de todo y todo merece. Inmenso error. Entendida en su etimología, sería deseable una aristocracia, es decir un gobierno de los mejores, pues no se refiere el vocablo en este caso a condes y marqueses, que ni lo fueron ni lo son. Y estamos muy lejos de tener a los mejores al frente. Ni siquiera de proponerlos. La mediocridad habitual se acrecienta y agrava ahora presentando agazapados en las listas —e impuestos por las cúpulas— a algunos analfabetos funcionales y miembros del lumpen. Políticos del todo a cien para salvarnos, que poco más son los promotores de esta revolución de la señorita Pepis diseñada en la Complutense. Que no se me elija para representar a mi país en los 400 metros en los juegos olímpicos no supone discriminación hacia mí, sino dejar la igualdad para cuando toca. Ya sé que eso puede parecer elitista, calificativo que asumo sin problemas.

Salvo algunos principios para mí decisivos, como son la honradez, la defensa de la unidad de España, el rechazo a los asesinos y matones, o el respeto a la discrepancia, llegamos a preferir la indefinición ideológica, que es el principal reproche de algunos hacia Ciudadanos, lo que tal vez sea en estos momentos su mayor valor, posibilitando esa acción positiva incremental de que se habla en “El regreso de los chamanes”. Lejana y mejor postura que las enmiendas a la totalidad que llevarían a tapar las goteras hundiendo el edificio y construyendo otro, a veces con antiguos planos, o a pensar que la misma lluvia y sus arrastres terminará por taponar las grietas, que es el proyecto del maestro de obras Rajoy. Garzón malbarata el patrimonio acumulado por otros en muchos decenios para asegurarse él un sillón. Una pena que terminen así, en manos de gente claramente peor. Sinceramente de Sánchez no sé qué decir, salvo agradecerle que, junto con Rivera, sean los dos únicos que se han puesto el mono y hayan intentado amasar un poco de cemento para empezar las obras. Pero al PSOE habría que recordarle que quien tiene un solo reloj, a todos los efectos, sabe qué hora es; quien tiene muchos duda. Como a otros, el fulanismo les llevará a la irrelevancia, cosa más que lamentable. 

En lugar de cambiar de obispos y deanes, hundimos las catedrales góticas para dejar en pie chamizos y tugurios. Lo cierto es que en casi todos los partidos, sus líderes son más una rémora que un valor. Si se afirma que los partidos no representan a los ciudadanos, habría que considerar hasta qué punto dentro de ellos sus cúpulas representan a sus bases, infinitamente mejores las últimas que las primeras. El futuro pasa por esos saneamientos internos que libren a los partidos y sindicatos de quienes se han apropiado de ellos en su propio beneficio, como paso previo para hacer lo mismo con la sociedad. En lugar de limpiar la cubertería de plata, ciertamente sucia, la tiramos para sustituirla por otra de plástico.

Por todo lo anterior, el único camino de mejora es la eficacia y sentido común para emprender pequeños cambios, muchos y rápidos, incrementales y continuos en la buena dirección. Considerar de forma posibilista qué tenemos, con qué plantilla contamos, cuáles son las opciones realmente viables. Hay cosas dignas de ser cuestionadas, que van, por poner unos ejemplos,  desde la monarquía hasta la nacionalización de la energía, la banca o la red viaria, al menos gran parte de ellas. Viendo el patio, claro queda que estas propuestas deben ser descartadas en la actualidad, pues entregar esos sectores a los gobiernos central o autonómicos requeriría que estos fueran de fiar. Y no lo son. El mejor seguro para la pervivencia de la monarquía, por ejemplo, es la indignidad mediocre de quienes en el presente y el cercano futuro podrían alcanzar la jefatura del estado. Sin duda otro de los numerosos pasos atrás que se vestirían de progresismo.

En los repetidos comicios no se trata, a mi escaso juicio, de elegir entre ganaderos o cazadores, sino de dejar de ser las reses de unos ni de otros, dejar los pesebres ideológicos y salir al campo abierto de la opinión propia. 

Que el Señor nos ilumine y nos dé buen abad.
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